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La Tapia del Manicomio

Disenteria cromática precipitada

Aunque sea mucho suponer, pensamos que pocos de nuestros pocos lectores sabrán quién es Flann O’Brien. Pues bien, para que lo sepan –o lo recuerden los que lo conozcan- este es uno de los seudónimos de un probo funcionario de la administración irlandesa llamado Brian O’Nolan (1911-1966). Las fechas son relevantes siempre, pero más en este caso puesto que fue contemporáneo de Joyce, de Beckett, de Wilde y de Yeats, entre otros paisanos suyos menos famosos. Incluso los dos primeros citados fueron admiradores de sus escritos. Escritos entre los que destacan sus cuatro novelas, de mucho calado crítico y un ácido sentido del humor que las define. Como todas las novelas de humor, excepto el Quijote, pierden mucho cuando las trasladas de lengua y de tiempo. El ejemplo clásico es el Tristram Shandy de Sterne, que todos los que dominan bien el inglés se descojonan con él (Javier Marías dice que su mejor obra es la traducción que hizo de este libro) y los que somos más pardillos, nos quedamos a medias y nos aburrimos en largos trechos del libro.

Lo que no se pierde nunca son los golpes de ingenio y la capacidad de penetrar en el fondo de las cuestiones que critica. El objetivo último de O’Brien es poner a parir a lo que más quiere, que es su tierra, es decir, a las tradiciones obsoletas, el personal dejado y cerril, la borrachera constante, y el hacer poco y hablar mucho. Sin embargo hay cosas que hoy día aburrirían hasta al ganado del que todavía puede presumir la isla verde a pesar de la cruz que hoy sobrelleva junto a, entre otros, nosotros los españoles. Entre lo más pesado está la larga disquisición –que aparece en dos novelas- sobre la policía de su pueblo y su teoría sobre lo pernicioso que es el afán por utilizar bicicletas. Y el caso es que tiene su gracia esa teoría sobre la simbiosis entre el hombre y sus monturas, sean caballos o bicicletas, que llega hasta el punto en que intercambian hasta tejidos físicos. Podría ser plausible en el caso del caballo, pero con la bicicleta adquiere tintes de humor grotesco. Quizá por eso le gustaba tanto a Beckett.

Entre los detalles graciosos que resisten bien el tiempo y la traducción, están varias expresiones como cuando dice que la calle Nassau era frecuentada por “la clase prostituta”, novedosa ampliación de las clases sociales marxistas. Como es una calle comercial en pleno centro de Dublín, muy cerca del Trinity, es de suponer que el personal que el autor incluía en “la clase prostituta” no son las putas, sino otras buenas piezas de la población. También, como es obvio dada la fuerte religiosidad irlandesa, la Iglesia católica cobra a base de bien. Hasta el punto de que en su última novela, “Crónica de Dalkey”, llega a proponer una expedición al Vaticano para derrocar al Santo Padre. Otro hallazgo, para nosotros el más grande, es el definir la música del siglo XX como “disentería cromática precipitada”. Aunque quien esté familiarizado con las músicas de Schömberg y demás ralea encontrará razonable esta definición, no estará de más una pequeña glosa. El pirulí-firulá-piúú-moc-moc-moc-ñiiiic…(silencio), que tanto se ha prodigado a lo largo de todo el pasado siglo, está perfectamente definido por “disentería”. De cromática poco hay que decir porque es una expresión altamente valorada por muchos de estos compositores. Y “precipitada” en dos sentidos: porque acelera los nervios de la mayoría de los oyentes. Y segundo, porque se trata de una mezcla científicamente calculada, aunque el precipitado resultante sea mortalmente aburrido y/o sin sentido humano. Con ello aspiraban a hacer lo mismo que los pintores de aquellos años; si éstos descubrieron la pintura abstracta, ¿por qué los músicos iban a ser menos y no se iban a inventar la “abstramúsica”?

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