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La Tapia del Manicomio

Añoranza del muro de Berlín

muroQuién nos iba a decir en noviembre del 89, cuando nos las prometíamos tan felices, que ahora íbamos a echar de menos el muro de Berlín, el Muro por antonomasia. Lo que parecía que iba a ser una liberación de una buena parte de la Humanidad ha devenido opresión, ahora sí, para la inmensa mayoría, es decir para todos los que no son plutócratas. Tendríamos que haberlo imaginado por aquello que se decía de que “el miedo guarda la viña”. No es que la Unión Soviética y sus satélites fueran un superenemigo, pero al menos estaban ahí y, por si las moscas, los grandes poderes del capital (léase Goldman Sachs) se tentaban la ropa antes de llevar el  mundo al desmadre como han hecho a partir de la susodicha caída.

Desde mediados del siglo XIX, con los primeros intentos revolucionarios de los “sin calzones” gabachos, o sea “sans culottes”, en la lucha entre los opuestos capital y trabajo ha habido batallas ganadas por uno y otro bando. Pero como la alegría dura poco en la casa del pobre, al mundo del trabajo le ha llegado un momento peor que malo. El capital, desmadrado, sin freno, sin pudor y sin recato, se ha lanzado a conseguir sus últimos objetivos: intentar que la mayoría de la población vuelva a la miseria y no sea combativa contra semejante expolio. Naturalmente, ese no es su objetivo, a lo que aspiran es a tenerlo todo y sin límite conocido: el que tiene un yate quiere tener dos, el que tiene cinco bancos quiere tener diez, el que tiene veinte empresas busca las cuarenta y el de los cincuenta (mil millones) quiere tener cien (mil millones). Como los recursos de Gea son limitados, lo que uno acumula es que lo pierde otro. En este caso, muchos otros pierden lo poco que tienen para engrosar el patrimonio de uno. El resultado es que la desigualdad se ha disparado y además se generaliza (globaliza) la pobreza. Lo peor es que nadie tiene esperanza de que esto pueda cambiar. Hasta ahora, las situaciones injustas  generaban en los de abajo la esperanza de que entre todos conseguirían cambiar el curso de la situación, vía lucha sindical o social. Desgraciadamente, hasta esa esperanza ha desaparecido: las huelgas, como se encargan de recordarnos los acólitos del capitalismo feroz, ya no sirven para nada.

A Europa también le ha venido “de perlas” la caída del Muro: Alemania, que era un país europeo, se ha remontado y se considera rey del mambo, con lo que le ha resucitado el aire prepotente que su propio himno nacional pregona: “Deustchland über alles in der Welt”. Está la cosa como para que Francia declarara otra guerra franco prusiana. Y ustedes disimulen este desahogo, pero es que estamos muy quemados.

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