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La Tapia del Manicomio

Pantalones cortos

gordo bermudasCuando las mozas empezaron a ponerse pantalones cortos, a los hombres empezaron los ojos a hacerles chiribitas. ¡Ingenuos de ellos! Nadie pudo pensar en lo que se nos iba a venir encima. En los años cincuenta se pusieron “de moda”, es un decir, los pantalones Capri. Sí, aquellos que llevaban las grandes estrellas americanas que iban a Italia a rodar comedias románticas con los guapos galanes de bigotillo y brillantina. La isla de Capri estaba en todo lo suyo, con cerros de escritores de todo el mundo occidental instalados allí. Aún nos parece ver a Audrey Hepburn de media anqueta en la Vespa, agarrada a la cintura de Gregory Peck por las calles italianas, con los adoquines mojados. Aquello hizo la siembra de lo que empezó a ocurrir en nuestra civilización: en los años sesenta (aquí diez años después, como poco) se generalizaron en el vestuario de las señoras los pantalones cortos, que entonces se llamaban “shorts”. Por los mismos años Mary Quant sacó su famosa minifalda, que entró en competencia con el short en cuanto a ahorro de tela. Los varones no cabían en sí de gozo, excepto los padres de adolescentes y los novios celosetes. La moda, siempre cambiando, ha alternado la falda corta con faldas hasta los tobillos y otros “vintages”, pero al final se ha impuesto la cruda realidad y las mujeres lucen esplendentes muslos. Esta temporada, la longitud del pantaloncillo femenino ha llegado a un minimalismo que parece difícil de superar, aunque hay que esperar cualquier cosa de los modistos.

Igual que a todo cerdo le llega su San Martín, a los hombres también les ha llegado la hora de acortar sus pantalones. ¡Pobres de ellos! Y pobres de nosotros que, aunque no los usamos, tenemos que soportar el espectáculo infame de pepes en bermudas o piratas, complementados con chanclas. Piernas escuálidas o gordas, pero varicosas, con frondosas matas de pelos blancos, que soportan vientres prominentes enfundados en camisetas ajustadas. Al principio fueron pocos los osados y mayormente jóvenes, a los que todo les sienta bien, sean pantalones de pìtillo, de pata de elefante o de “culo cagao”. Pero los mayores, ¡ay, los mayores, piensan que imitando a los jovenzuelos se van a quitar años de encima y van a ganar estilo y prestancia! A los carrozas nos cae como una bomba en Nagasaki esta moda de los calzones cortos. Bien es verdad que a nuestra edad y presencia física cualquier cosa nos cae mal, pero tampoco hay que darle tres cuartos al pregonero; cuanto menos cuerpo se nos vea, mejor.  

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