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La Tapia del Manicomio

Rectificando el Canal

canalAntiguamente, cuando el motor del auto perdía potencia, se sacaban los cilindros, se rectificaban en una máquina de precisión y se les ponían unos pistones un poco más grandes. Y como nuevos. Pero no hablamos de esos rectificados, que además ya no se usan porque se cambia el motor y en paz. Nos referimos a los rectificados o reformados que sufren los proyectos de las obras públicas. Primero, las empresas constructoras van a la subasta y ofertan un precio muy bajo, a sabiendas de que no cubren los costes, ni mucho menos podrían obtener beneficios. ¿Y por qué hacen tal cosa? Pues, primero, por garantizarse la adjudicación, y segundo porque tienen en cuenta que luego, durante la ejecución, habrá muchas partidas que reformar y ahí ya no hay subasta, se pone el precio que se tenga que poner. Para este fin, las grandes constructoras siempre han tenido un nutrido departamento de especialistas en revisar los proyectos y encontrar los filones donde argumentar la necesidad -imprevisible a priori, por supuesto- de aumentar los costes en un cincuenta por ciento como poco. Sí, ya sabemos que los grandes proyectos lo tienen todo previsto: estudios geológicos, medioambientales, mineros y meteorológicos. Pero los departamentos de “reformados” son mucho más eficaces que los proyectistas y contratantes. El chollo está ahí, porque todo lo que no se reforma está más ajustado que los pantalones de pitillo que se vuelven a llevar.
El cliente, lógicamente, intenta negarse a tocar un euro del presupuesto de adjudicación, pero cuando se encuentra con que la obra está a la mitad o más, ¿qué hace? El primer pensamiento es decirles que se vayan y buscar otra empresa que acabe el tajo. Pero, ¿y si la demanda del constructor no es un farol y se va de verdad? ¿Cuál sería entonces el coste del retraso? Seguramente, el promotor tendría ya vendidos y cobrados los pisos, o el gobierno de turno habría hecho la correspondiente oferta electoral y la legislatura se está acabando. El dilema es gordo, salvo que se acojone el constructor y dé marcha atrás, cosa poco probable porque está acostumbrado a hacer siempre lo mismo y tiene previstas todas las estrategias al respecto. Entre otras, el untado de la dirección de obra que tenga contratada la propiedad, para que acepte los reformados y el consiguiente sobrecoste. Cuando éste es muy gordo, como en el actual caso del Canal de Panamá, tienen que intervenir hasta los gobiernos, que ya tuvieron mucho que ver con la concesión. Y algunos se dejarán muchos pelos en la gatera, pero ¿quiénes?

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