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La Tapia del Manicomio

Un pueblo de charanga y pandereta

aaaghhRetrocedemos a un ritmo que mete miedo. Las ideas retrógradas avanzan más velozmente que la luz y con más empuje que las olas en La Coruña. Entre la clerigalla y los carnavaleros profesionales pagados por el ayuntamiento, hay días en que uno no debería levantarse. O por lo menos, no salir a la calle y menos si uno vive por el centro, por no ver lo que se ve. Y cuando se conjugan las constelaciones de ambos grupos de presión de la sociedad civil (si el beaterio se incluye en el epígrafe civil, además del religioso, que sí), más que miedo es pavor. Así, la noche del viernes pasado. Situémonos: plaza de san Pedro, a las diez de la noche. Por la calle Castelar irrumpe una patulea de artistas del carnaval local, con sus correspondientes bandas de música –en realidad, charangas- que iban o venían de “celebrar” algo. Había, con diferencia, muchos más profesionales con disfraces que ciudadanos; éstos, la mayoría, incluso sin disfrazar. Mientras enfilaban la calle Torres, por la paralela a Castelar, calle del general Ricardos, avanzaba hacia la plaza de san Pedro un cortejo de costaleros y adláteres con botijos, portando un trono escueto, sin oropeles ni ornamentos ni cristo que los fundó, ensayando para las procesiones de Semana Santa. Sobre tan elementales andas, que más parecía un enorme palet, unos sacos terreros para hacer peso y un loro emitiendo estridentemente música –en realidad, marchas de cornetas y tambores-. La conjunción astral de ambas “músicas” y cortejos no dio lugar al tradicional encuentro, porque los cofrades, resguardados los sesos por su clásico costal sevillano, se vieron en inferioridad numérica, decidieron que no estaba la Magdalena para semejantes tafetanes y se aparcaron en doble fila, prudentemente. Lástima que no somos adictos al móvil con cámara de video, porque podríamos haber optado al Pulitzer. Por nuestra mala cabeza perdimos la oportunidad. Nos queda contarlo, que es lo que estamos haciendo, y mandárselo a Álex de la Iglesia, ya que no están vivos Buñuel ni Berlanga. Ya lo dijo mejor que bien don Antonio: “La España de charanga y pandereta,/ cerrado y sacristía,/ devota de Frascuelo y de María,/ de espíritu burlón y de alma quieta,/ (…) Esa España inferior que ora y embiste…”.

 

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