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La Tapia del Manicomio

Narcoballenas

BalleneraLas fotos publicadas el sábado de la captura en el mar de Alborán de un mercante cargado de droga –uno más- a cargo de nuestras lanchas aduaneras, nos han recordado la caza de ballenas, tal como la contaban algunos autores de aventuras marinas, especialmente Melville en Moby Dick. Es esta una novela que, desgraciadamente, alguien decidió que era de aventuras para jóvenes (de los de antes, que ahora la juventud dura hasta los cuarenta): el osado y vesánico capitán Ahab quiere cargarse a la ballena blanca, que ya le había cortado una pierna. Al final fue la ballena la que acabó con él y con toda su tripulación, excepto con el marinero narrador de la novela, para solaz y enseñanza de lectores decimonónicos. Bien es verdad que en el siglo XX también nos llegó a unos cuantos, aunque se trataba de una versión “condensada”, como las lecturas del Reader’s Digest, que dejaban el texto original reducido a un tercio, sólo las partes de peripecia aventurera, y obviaban las extensas reflexiones del autor sobre el carácter humano y otras cosas de la vida: una novela fundamental. Algunos (re)lectores hemos venido a valorarla ya bien talludicos y después de haber leído “Bartleby el escribiente”, otro pilar del pensamiento literario moderno, también obra de Herman Melville.
La susodicha caza, en aquellos nada tecnológicos tiempos, se realizaba arriando tres lanchas balleneras desde el barco factoría, cada una de ellas con su arponero y sus marineros remando, al mando de uno de los tres oficiales. La técnica consistía en aproximarse todo lo posible a los costados del bicho, para que los arponeros lanzaran a brazo su arte, y los oficiales su lanza. Pues bien, las “balleneras” cazadoras de narcotraficantes son unas motoras que se acercan al buque cocainero a toda hostia y lo abordan, en vez de con arpones con armas automáticas y, sobre todo, con la ley en la mano. Una ley que se acaba de cargar nuestro ínclito ministro de Justicia, eso sí, con el voto mayoritario del Parlamento. La pretensión era impedir que algunos osados jueces españoles consiguieran meter en el maco a los grandes jerifaltes de China basándose en el ejercicio de la jurisdicción universal. Uno de los primeros daños colaterales ha sido la suelta de tres o cuatro tripulaciones de barcos traficantes de drogas que ya habían sido “entrullados”. Brillante gavilla de leyes nos va a dejar nuestro ministro. Y todavía le queda medio mandato. Por lo menos.

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