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Gastrofilias

Nacionalismos gastronómicos

mantecadoA pesar de que falta casi un mes para Navidad, me da la sensación de que llego tarde para hablar de mantecados y turrones, porque las estanterías de tiendas y súperes de mi barrio están prácticamente esquilmadas (a los híperes no voy por prescripción del “coach” personal, antes director espiritual). Aunque más que comentar o recomendar tal o cual marca, la efervescencia de nacionalismos me lleva a considerar el nacionalismo gastronómico. Tal vez sería más adecuado llamarlos, a unos y a otros, provincianismo, localismo o directamente catetismo. Hay uno leve, y hasta normal, que nos lleva a proclamar que las mejores lentejas son las de nuestra abuela. Lo, digamos, curioso y que implica buena dosis de ignorancia -ingrediente imprescindible de estas afecciones nacionalistas- es cuando se llega a afirmar que, por ejemplo, el mantecado se inventó en Almería. No es un caso imaginario, pero sí aislado. En cambio, andan a la gresca Estepa, Antequera y otros pueblos por la gloria del invento. Esto pasa porque las creaciones populares no suelen tener autor documentado. Aunque lo tienen, sin duda, pero, como decía Manuel Machado: “Hasta que el pueblo las canta/ las coplas, coplas no son/ y cuando las canta el pueblo/ ya nadie sabe el autor”.

Siempre se ha dicho que el nacionalismo-catetismo se cura viajando. Y hasta leyendo. Libros, no los wathsapp de las narices. Y comiendo por ahí: resulta que uno de los mejores mantecados se hace en Vitoria, bajo la marca Rey Felipe II (tiene mérito el nombre en aquellos pagos). También por allí arriba se hacen algunos de los mejores turrones de España: el Federico Verdú de Gijón, o el Gorrotxategui de Tolosa (Navarra), ambos centenarios o casi. En Madrid es famoso el Casa Mira (1855) y en Santander se vende el que muchos consideran el número uno: Mira y Monerris, aunque bien es verdad que tienen la pequeña y artesanal fábrica en Jijona.

Más curas para localismos del comer: en Antequera hacen un “pimentón de pescado” idéntico al que aquí llamamos orgullosamente pimentón de Almería. O, por cerrar, que se me acaba el folio, el viajero inglés Williams Clark cuenta en su libro “Gazpacho” que le dieron un revuelto de huevos con tomate en Puerto Serrano (Ronda) en 1849. ¡Toma ya revoltillo auténticamente almeriense!

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