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Gastrofilias

Aceite, leche y una conversación

AAfreirIba a dedicarle la columna de hoy a la leche (o lo que quiera que sea) que acaba de lanzar la benemérita empresa “alimentaria” Coca-Cola. Puede ser curioso saber lo que lleva y cómo la fabrican, o qué les dan las vacas que hipotéticamente son las que la echan por las ubres. Porque resulta que la cobran a 4 euros la botella de litro y medio. Pero como no tengo más datos que la información que salió en la prensa el jueves, dejo el tema en conserva y paso a una minisección que tengo olvidada ya demasiadas semanas: conversaciones en el bar. El tema de esta última es el aceite. Y ahora que lo pienso, aceite y leche están ahora muy próximos gracias al desgraciado invento de la lechonesa, que invade casi el 100% de las ensaladillas rusas y demás usos que la noble mahonesa tuvo en otros tiempos.

Vamos a la conversación. El escenario es un concurrido y recientemente abierto bar del centro. La charla tiene lugar en la puerta de la calle a pesar del frío polar, porque dentro no se puede hablar de la escandalera que forman los clientes y el “hilo musical”. (A ver cuando los diseñadores de bares se gastan unos euros en un especialista en acústica: producen más rebotes que Pau Gasol). Entre los contertulios hay dos prestigiosos profesionales de la restauración de Almería, y aprovecho y saco uno de mis temas, más bien obsesión: los fritos en este pueblo. Como ambos los hacen muy bien me lo puedo permitir sin que haya roces. Pero empezamos a comentar lo que pasa en la mayoría de los locales, los tipos de aceites que usan unos y otros, algunos muy “curiosos” como los que se venden sólidos, en latas o en barras, y que los tres hemos visto en demasiadas cocinas. Y, claro, la conversación acaba en la frecuencia con que se cambian, que es casi más importante que el tipo de aceite. Uno de ellos, cuya oferta mayoritaria son los fritos, afirma que lo cambia dos veces al día y nos cuenta el caso de un colega –no quiso decir el nombre, lástima- con el que comentaba este asunto y el tal colega le espetó, muy ufano: “Yo lo cambio casi todas las semanas”. ¡Arsa y ole! Así huele como huele en las zonas “tapeadoras” (fea palabra, habría que inventar otra). La respuesta del colega de mi amigo me recuerda a aquel que decía: “Yo me ducho cada quince días, me haga falta o no”.

 

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