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Gastrofilias

Vino moro

AAAviniLas estadísticas de consumo de vino en España dicen que la tendencia sigue a la baja, no remonta ni que lo mande Rajoy. Se ve que el agua mineral, la leche, la cerveza y los cubatas –por ese orden- le tienen comido el mercado. En los primeros nueve meses de 2014 el consumo total ha caído otro 6,3%, y van no sé cuantos años bajando. Eso sí, en euros la bajada sólo ha sido del 3,8%; y queda el consuelo de que los vinos con Denominación de Origen Protegida han subido ligeramente, o sea que todos los demás han bajado más.

Pero mira por donde, en los mismos andurriales en los que leo estas cifras me encuentro con que el sector del vino en Marruecos está en alza: producen alrededor de medio millón de litros –nada, comparado- con España, pero que en un país mayoritariamente musulmán se consuma el 85% de esa producción es un dato de consumo en alza, al contrario que nosotros. Si añadimos los vinos de Argelia y Túnez hay un sector vinícola magrebí muy a tener en cuenta. Y además, que no están malos los vinos moros. Los viñedos los plantaron los franceses cuando eran la potencia colonial y se ha mantenido. Por ejemplo, en Marruecos hay catorce zonas con indicación geográfica y una denominación de origen calificada que se llama Côtes de Atlas. Son vinos mediterráneos aunque no todos; los del Atlas, por ejemplo, disfrutan de terrenos elevados, temperaturas en consonancia y notable finura. También han sido impulsados por enólogos franceses, como Alain Graillot (de Crozes Hermitage), que elabora un syrah en Meknés llamado Tándem. Se da bien allí la syrah y también abundan la cabernet sauvignon y la cabernet franc. Pueden encontrar vinos moros –fáciles de beber y a precios muy ajustados- de los tres países en Aljaima, un buen restaurante sito en la calle de Jovellanos. El hummus no se parece en nada a las gachetas que ponen en muchos bares. Es buena la cocina en general, en especial el cuscús, que se cuece tres veces y es espectacularmente esponjoso.

Nota bene: en nuestro Siglo de Oro se llamaba vino moro o vino turco al que no había sido “bautizado”. O sea, que los taberneros le añadían agua al vino aprovechando que casi todo era a granel. Así, un personaje de Quevedo, en “La hora de todos”, pudo decir que “esperaba antes pescar ranas en la copa que soplar mosquitos”.

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