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Gastrofilias

Niños y bares

aalvinoHay dos negocios en alza según el número de establecimientos que se abren casi a diario: comercios dedicados a los niños, desde zapaterías hasta talleres de cocina, pasando por los de la inefable moda para primeras comuniones; y bares-restaurantes, incluidos también los dedicados a bodas, bautizos y comuniones. No tengo estadísticas, es un simple ejercicio de sociólogo de bordillo de acera, que no es lo mismo que paseante en cortes. El sociólogo de bordillo de acera, como su nombre indica, se sienta en los bordillos para ver pasar la vida, como los niños para ver las procesiones y las cabalgatas. Y aunque no tome notas por la calle apoyado en el techo de los coches, como hacía Sánchez Ferlosio en la época de sus “Pecios”, a veces los traslada al papel impreso, como esta intrascendente observación sobre bares y niños.

Aquí viene bien hablar –otra vez- sobre la posible vinculación de vino y niños, que ya sé que me traerá críticas ante la simple posibilidad de hablarlo. Pero, igual que hay ya talleres de iniciación a la cocina, se debería hacer lo mismo con el vino. A los horrorizados y escandalizados les voy a poner una tarea: investiguen el porcentaje de alcohólicos que había cuando nos iniciaban en casa, con ocho o diez años, al conocimiento y consumo del vino, muy moderado y comiendo; y el porcentaje actual, cuando se prohíbe hasta oler el vino antes de los dieciocho años, pero se inician con cubatas a los catorce y en la puñetera calle.

No creo que vayan a abrir ningún sitio con este ideario, y encima, pocos de los bares –nuevos o viejos- cuidan el vino (ni las tapas). La mayoría se instala en la rutina y en el bajo coste de personal y materias primas. Pero hay dos esquinas en las que se van a instalar bares que generan razonables esperanzas, a tenor de sus respectivos responsables. Uno abrirá pronto donde estuvo la librería Picasso, en la calle Reyes Católicos esquina Minero; el responsable de la cocina será Pedro Berrogui. El otro tardará algo más y será en la esquina de las calles San Francisco y Castelar, donde estaba Charli y antes, durante cien años, El Once de Septiembre. Lo monta José Leal, que tuvo El Quinto Toro II frente al instituto Celia Viñas. En la esquinita te espero, que era el bonito nombre de una vieja bodega almeriense.

 

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