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La Tapia del Manicomio

¡Comed piedras!

AcomerpiedrasA pique estábamos ya de hacernos vegetarianos (¡qué leche vegetarianos, ¡veganos!), porque entre la clase médica y los amantes de los animales, nos han hecho una pinza que ni la que le hicieron Anguita y Aznar a Chaves. Después de mucho cavilar sólo veíamos la salida de alimentarnos a base de vegetales. Pero resulta que no todos los vegetales valen. Por una parte, han de ser ecológicos, según unos. Otros rechazan los cultivados y sólo aceptan los “salvajes”. Los cocinados no son aceptados por los crudívoros. Los macrobióticos también tocan su pito, que no sabemos cuál es (el instrumento). Los veganos no aceptan nada que tenga alguna relación con lo animal: huevos, leche, queso…no sabemos si para ellos es lícito comerse una lechuga que haya sido mordisqueada por una cabra. Y así sucesivamente. Lo malo es que hace unos días nos enteramos de que los vegetales también sufren, casi como los animales. ¿Qué van a hacer ahora los defensores de la vida? ¿Meterán en el mismo saco el Toro de la Vega y la poda del naranjo? Las setas, que no son ni vegetales ni animales ¿pueden ser comidas sin daño a la vida?

Así que tampoco nos vale echarnos al monte a ramonear hierba en noble competición con las ovejas segureñas, churras y merinas. Sólo queda una salida coherente. Lo han adivinado por el título: comer piedras. En principio parece inofensivo, pero nadie nos garantiza que no surgirá un movimiento defensor del reino mineral. Mientras tanto, repasemos las bondades y las tradiciones de semejante dieta. En primer lugar, adelgaza más que las dietas vegetarianas de todo tipo, incluso más que las dietas milagro. Lo dice claro la vieja canción popularizada por Gomaespuma: “Si los curas comieran/ chinas del río/ no estarían tan gordos/ los tíos jodíos”. Por otra parte, no se piense que es una alimentación dura y desabrida, no hay más que acordarse de la vieja receta de arroz con chinorros de la playa, del que todos los que lo han probado se hacen lenguas. Claro que tal vez se trate de una fórmula parecida a la pasta con jamón que proponían unos gitanos de Utrera que estaban en Roma para beatificar al tío Ceferino: se cuecen macarrones de la forma habitual; se corta jamón ibérico en lonchas finas; se escurre la pasta, se tira y se come el jamón con regañás.

 

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