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La Tapia del Manicomio

Tapas y estrellas

AAAlexCada año al acabar noviembre comento la nueva guía Michelín. Y cada año me repito. Lo bueno es que mantenemos en Almería dos restaurantes con una estrella, diez años ya La Costa y seis Alejandro. Repito también que tienen un mérito tremendo porque si es difícil conseguirla, mucho más lo es mantenerla y especialmente cuando el aprecio del público de la zona no es para tirar cohetes que digamos y eso es la parte mala de la repetición. Me da envidia cuando La-Costaalgunos estrellados recientes de otras provincias cuentan cómo ha aumentado su clientela. Y se sabe que una de las cosas más temidas por los restaurantes es perder una estrella. Siempre hay listillos (“enteraos” decimos aquí y “sabeores de caminos” en Jaén) que dicen que las estrellas Michelín se compran. Piensa el ladrón… Porque es cierto que hay críticos que se venden por un plato de lentejas (con caviar y champagne, eso sí); y medios que otorgan galardones -tenedor de alpaca, plato de iridio, master popular- a cambio de publicidad y otras formas de pago encubiertas. Hay guías que mantienen los mismos inspectores durante décadas, con lo que los conocen hasta los sollastres. No es el caso de Michelín, como saben todos los profesionales y la mayoría de los aficionados, que aquí deben ser pocos a juzgar por la escasa afluencia a nuestros mejores restaurantes. Mientras, el sector de la tapa prefabricada prospera como piojo en costura.

No he podido asistir a las jornadas “La tapa de Almería como referente gastronómico y turístico”, pero imagino que los ponentes y expertos habrán insistido en que hay que mejorar la calidad, cuidar el producto y diferenciar bien la cocina auténtica de los abresobres y calientalatas que tanto abundan. A los muchos ejemplos que vengo contando aquí se pueden añadir esos figones que ofrecen “makisushi”, piruletas de cordero o samosa al curry. O sedicentes gastrobares que tienen todos exactamente las mismas tapas y en sus trastiendas (me niego a llamarles cocinas) sólo hay microondas, hornos de regeneración y freidoras con grasas innombrables, detalle que comparten con las más conspicuas freidurías. ¿Para cuando un distintivo, visible y controlado, que indique que en esa cocina se usan productos frescos, aceites no tóxicos y hay cocineros que los elaboran cada día?

Y otro sábado hablaremos de los contratos basura.

 

 

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