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La Tapia del Manicomio

Recuperar el pendón

AlpendonLa mañana del sábado nos asomamos a la Plaza Vieja para ver cómo andaba de acompañamientos y rituales el viejo Pendón de los Reyes Católicos. Y sigue fatal. La fiesta se empezó a deteriorar en los ochenta y esto parece que no hay quien lo arregle: la asistencia a la celebración cívico-religiosa-militar es exigua en lo militar -una mínima escuadra de gastadores- y casi inexistente en lo cívico; ya no van ni los filomoros, que tantos años animaron el espectáculo con sus pancartas acusando de genocidas a los RR. CC. y a los españoles en general. El estandarte se sigue llevando a cuestas como si fuera un saco de papas, en vez de apoyado en su tahalí, enhiesto como el ciprés de Silos (Gerardo Diego dixit). Esta fea costumbre data de la primera mitad de los ochenta, cuando un concejal enclenque o perro (cuyo nombre no merece quedar en la memoria) se lo echó al hombro. Y creó escuela. También por esas mismas fechas el consistorio eligió no madrugar y pasó la hora del juramento y procesión a las once de la mañana. A las ocho ya solo llegan la escolta militar, los subalternos y el que tira un par de docenas de cohetes.

La semana pasada ya nos acreditamos como pésimos profetas, así que ahora toca demostrar que también somos una nulidad como prescriptores de opinión. Hace justo veintiocho años que publicamos un artículo titulado “Pendones y cardos borriqueros” en el que nos quejábamos de esta deriva que se cargaba la tradición, cosa que no choca con ser progresista, ni mucho menos; como decía Tierno Galván: “No hay que confundir la ideología con la buena crianza”. ¿Tiene arreglo esta industria? Si es que se quiere conservar, hagámoslo bien. Lo primero es recuperar el tahalí y un mozo/a que le ponga interés (no hace falta ser un cachas si se lleva vertical. En la foto adjunta se ve cómo lleva el pendón de Granada una mujer y no se sabe que se haya herniado). Ya que van siete gastadores, podrían añadir siquiera una sección, que la Legión desfilando siempre atrae público. Volver a “abrir” a las ocho, aumentaría la presencia de clientes del Quiosco Amalia y del Bahía de Palma, que antiguamente aprovechaban para tomarse un ponche, un anís con limón y, mientras duraba la misa, una manchada con media de sobrasada. Pero si de verdad se quiere una función atractiva no se nos ocurre mejor remedio que recurrir a las acreditadas majorettes de Mont de Marsán, que tanto realce dieron a las Ferias de nuestra juventud.

 

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