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Gastrofilias

Bares y otras cosas

antoniogSi fuera supersticioso hoy no me iría de bares como cada noche. Pero aunque lo fuera, iría, porque no se puede uno perder el último sábado de agosto. Los dos restantes estarán ocupados por la feria del medio día (no es una errata, la “cosa” dura al menos doce horas cada día). Amo los bares, por eso no me gusta la susodicha “celebración”: tapas preparadas con mucha antelación para dar abasto, infames tintos de verano embotellados en plástico, altavoces atronadores y cánticos borrachuzos que intentan superarlos en decibelios. Si a pesar de (o precisamente por) todo esto, es usted forofo de la feria del mediodía, no olvide el uniforme: camiseta de tirantas, calzones a medio camino entre los estilos pirata y pordiosero, sombrero de paja de plástico con cinta de publicidad y chanclas para refrescarse los pies con los meados que corren por la cuenca orinográfica del casco antiguo.

Amo los bares, por eso aborrezco los chiringos esporádicos de estas fiestas. Aunque, al menos, las sardinas serán frescas, porque es de los pocos pescados que no vienen congelados (que yo sepa). Y esto no es  exclusivo de los puestos feriales, el pescado fresco se ha refugiado en los bares que no se anuncian a bombo y platillo como especialistas en pescado del día. Los que lo tienen de verdad no pueden mantener una oferta de treinta o cuarenta variedades de peces y mariscos, todos los días del año, haya veda o parada biológica, sea invierno o verano, haya habido levante o una ponientá de seis días. A los auténticos se les acaban algunos durante el día y tienen la variedad que permite la estación y los vientos. Aquí debería seguir una lista de esos beneméritos locales, pero no queda espacio. Una pista: huelan la salida de humos del local antes de entrar. Alguno no hace falta ni acercarse, apestan desde lejos.

Amo los bares porque, como decía Antonio Gamero, en ninguna parte se está mejor que fuera de la casa de uno. Y dentro del amplio ámbito de fuera de la casa de uno, en ninguna parte como en un bar. No tiene nada que ver, pero ya que recordamos al desaparecido Antonio Gamero, ahí va otra de sus sentencias, más interesante y aguda aún que la citada: a los amigos no hay que contarles nuestras penas, que los divierta su p… madre.

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