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La Tapia del Manicomio

El final del verano

aponienytaCuando llegue septiembre, todo será maravilloso, como cantábamos con Gelu en los lejanos sesenta, en mitad de agosto, desesperados por la sudor del poniente y las legañas del levante. Confiábamos en que, a pesar de que era una dura época de exámenes, se podía medio empezar a respirar dejando atrás los horribles calores. Eso era antes, cuando éramos ingenuos. Y, sobre todo, jóvenes, que tiene más mérito. El cambio, sea de año, de curso o de estación genera una cierta expectativa de nueva etapa vital; ilusiones que solemos incrementar con una serie de promesas de cambio: de año nuevo, de nuevo trabajo, de quitarse del tabaco, de quitarse de los kilos de más, de apuntarse al gimnasio y a la academia de inglés… Sabiendo, naturalmente, que los propósitos de cambio o de iniciar algo van a durar días como avala la experiencia de siglos. Por eso los gimnasios y las academias de inglés cobran por trimestres o por cursos completos: negocio redondo porque la mayoría abandona mucho antes de completarlos.

Pero también se entrevera en muchos casos –en el del verano, siempre- con la sensación algo masoquista de la melancolía. Había canciones como La playa, de Marie Laforet, que decía aquello de “flor de un verano nuestro amor tal vez será, que una fatal brisa otoñal marchitará”. O El final del verano, del Dúo Dinámico: “el final del verano llegó y tú partirás”; Capri c’est finie, de Hervé Villard: “Capri se acabó, no creo que vuelva nunca”. O Melancolía en septiembre, de Peppino di Capri: “Melancolía en septiembre, eso solo me quedó de ti”.

O sea, que por un lado estábamos deseando que llegara el fresco (en Almería relativo, pero algo es algo) y por otro empezábamos ya a añorar el aire, las fiestas y los amores del verano. Con las canciones pop ocurre como con el refranero, los hay para apoyar cualquier proposición y para decir lo contrario: “no por mucho madrugar amanece más temprano” versus “al que madruga, Dios le ayuda”. No sabemos si esta aparente contradicción procede de que tenemos un pensamiento ecléctico (cosa dudosa, aquí prima lo dogmático) o mucho más probable, de que nunca estamos conformes con lo que tenemos, sea el clima del momento, el trabajo, los amores -de verano o de entretiempo- o los gobiernos. O la falta de.

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