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Gastrofilias

Los nombres de las cosas

alricodryUna de las facultades divinas que recibió Adán fue la de dar nombre a todo bicho o elemento de la tierra. Lo que no está tan claro es que se pueda o deba cambiar el nombre de las cosas por capricho o ignorancia. Me refiero aquí a las cosas de comer, y me da en la nariz que esos cambios casi siempre se deben a la ignorancia. Algunos ejemplos cotidianos: rúcula es el nombre en italiano de una hierba de moda en las ensaladas, que se llama oruga en castellano desde hace siglos. Por ejemplo, en “La lozana andaluza” (1524) uno de los platos que nombra la protagonista es “cazuelas de pescado cecial con oruga”. Por cierto, investigadores de la UAL han descubierto que la “rúcula” mata células cancerígenas. Estupendo, pero al menos los universitarios deberían conocer mejor el español. Otro italianismo innecesario es brócoli, estando brécol en nuestro vocabulario. La Real Academia ha aceptado estos italianismos, pero el Diccionario de Dudas y Dificultades de la Lengua Española recomienda utilizar la forma brécol. Alfónsigo, que ya aparece en el “Libro de buen amor”, hace tiempo que fue suplantado por pistacho, del italiano pistacchio. Cualquier día le cambian el nombre a la racial achicoria y la llaman radiquio (de radicchio).

El cambio de nombres no se limita a los vegetales. El otro día pedí un dry martini (muy seco, insistí) en un bar donde dicen que lo conocen. Como ya no me fío, le pregunté al “bartender” cómo lo hacía y me dijo: “clásico, tres partes de vodka y una de vermut”. En primer lugar, muy seco significa casi sin vermut. Y en segundo lugar, el dry martini se hace con ginebra. Lo otro es el vodka martini que toma James Bond. En cualquier recetario o blog lo hubiera podido aprender.

Otro cambio de nombre gracioso. En un céntrico local con inquietudes nos obsequiaron con unas tapas nuevas: un arroz congrí cubano y un guiso de carne con patatas. Le preguntamos al camarero por el nombre del segundo, fue a la cocina a informarse y volvió diciendo que era “chiquifuá de pollo”. Ante mi extrañeza volvió a la cocina y regresó con el nombre real: fricasé de pollo. En estos casos casi siempre resulta que el camarero lleva sólo unos días en el bar. Los jefes no se ocupan de formarlos y eso que va en contra de sus propios intereses que son atraer clientes y fidelizarlos.

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