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La Tapia del Manicomio

Adiós, don Carnal

Acabamos de despedir el Carnaval. A partir de ahora, y durante cuarenta días, quedan prohíbidas las carnes. Todas, las de comer y las de fornicar. Adiós al desenfreno, a las comilonas, a las orgías, a las copiosas libaciones, al ligue inmediato amparado en el anonimato de la máscara. Vuelven los cilicios y las disciplinas, el ayuno y las mortificaciones. Las casas de lenocinio cierran hasta la Pascua, los cines echan películas de romanos y de leprosos, las bicicletas sustituyen el timbre por una carraca, las imágenes de las iglesias se cubren con paños morados… y todos caemos en oración y meditación. Nos está bien empleado por pecadores y por abusar de la benevolencia clerical: nos dan la mano y nos tomamos el brazo. Confundimos la libertad con el libertinaje y el culo con las témporas (y no “con el temporal”, como dijo uno/a de Tele5). Lo malo es que los que no nos hemos comido un rosco ni un chuletón durante el año, encima tenemos que penar por ello en Cuaresma como si fuéramos unos crápulas.

Los que tengan menos de ochenta años y hayan tenido la paciencia de leer el párrafo precedente, se estarán preguntando de qué coño estamos hablando. Porque hace años que las disposiciones de la Santa Madre Iglesia acerca de ayunos, abstinencias de carne y otras reglas por el estilo, no son atendidas por la inmensa mayoría de los fieles y, naturalmente, por el ciento por ciento de los infieles, apóstatas y demás descreídos. Y encima, tal como están las cosas del papeo, dejar de comer carne es un beneficio en vez de un sacrificio, tal como demuestran a diario millones de científicos, nutrólogos y coaches de estética. El ayuno, si es exagerado puede derivar en anorexia, aunque moderadamente parece que alarga la vida y evita mogollón de dolencias y padecimientos. En resumen, que lo único que queda de aquellas fiestas y penitencias, es una celebración que solo conserva el nombre. Y unas maneras copiadas de Cádiz, aunque aquí sólo se disfrazan los niños y los concursantes. La verdad es que a partir del final de la Guerra Civil no hubo Carnaval, estaba prohibido por el contubernio Franco-Iglesia. Quedó en Cádiz, pero bajo el nombre de “Fiestas de Primavera”. ¡Y lo que disfrutamos con la nostalgia de lo que nunca conocimos! Por lo menos queda literario.

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