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La Tapia del Manicomio

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Antiespecistas

El palabro “antiespecista” ha llegado a nuestros oídos por primera vez con motivo de los asaltos a carnicerías, charcuterías y pescaderías de la vecina Francia (no tardará mucho en llegar aquí, porque las estupideces se difunden a velocidad ultrasónica). Los antiespecistas parecen ser una facción violenta de los veganos que, a su vez, son una escisión rigorista del vegetarianismo. Es igual que lo que pasó con los mojes: los cartujos fueron más allá que los benedictinos al considerar que estos habían incurrido en la molicie. La ortodoxia tiene estas cosas y siempre aparece uno más rigorista y “puro”. El movimiento vegano fue una reacción ante esos vegetarianos laxos que comen hasta leche y huevos. Ignoramos lo que habrá movido estos nuevos antiespecistas, para dar un paso más allá y pasar a la acción directa. En esto hay tradición cercana: los animalistas hace tiempo que se dedican a repartir leña a los que no comparten sus opiniones, como cuando quieren salvar a los toros de lidia, aunque sea liquidando a los toreros y taurinos en general. De hecho, cuando un torero es cogido se alegran, vamos, no se alegran: se regocijan y recochinean aunque el objeto de su ataque sea un niño. El animal por encima de todo.

Por lo que se ve, el antiespecismo propugna la igualdad absoluta entre animales de todo tipo incluido el humano. Antes de seguir, queremos dejar claro que nos negamos a identificarnos con los cocodrilos o con el mosquito tigre. Mutatis mutandis, no sabemos por qué estos individuos dejan fuera de su ámbito de “protección” a los pobres vegetales; se ve que piensan que no tienen sentimientos. Y están muy equivocados. Sin ir más lejos, un gran poeta como Pessoa tuvo que romper una lanza por estas criaturas de la naturaleza: “…mis hermanas las plantas (…) las cortan y vienen a la mesa / donde, ruidosos los clientes / piden “ensalada”, inconscientes / sin pensar que exigen a la Madre Tierra / su frescura y sus primeros hijos”. Así que no tardará en aparecer un grupo que adelante por la izquierda al antiespecismo, que por algo creó Dios a los vegetales antes que a los animales, y no vamos nosotros a enmendarle la plana. Lo que no sabemos es como se llamarán estos nuevos enemigos de la raza humana. Al menos de los humanos que nacimos omnívoros y no tenemos los estómagos de las vacas para comer hierba.

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Más fascistas que pajaricos

Frente a los que creíamos que Trump no duraba ni un año, la realidad es que su discurso está calando, no ya en su granero de votos propio, sino en todo el mundo. No digamos ya los conocidos ejemplos de gobiernos duros como Turquía, Rusia o los restos del oxidado “Telón de acero”. Ya están cundiendo sus “valores” incluso en países que se consideraban paradigma y salvaguardia de la democracia y los derechos humanos, como Francia, Alemania o Italia. Lo más disonante –aparentemente- es el caso de Italia, donde en estos momentos las coces son más llamativas. El pedazo de animal que dice ser y llamarse Salvini cada día proporciona un titular, a cual más bárbaro, basto y burdo. Empezó insultando a Macri, a Sánchez y las ONGs, calificando de “cargamentos de carne” a los barcos de salvamento de náufragos, siguió con los gitanos y ahora se descuelga con que las vacunas son perjudiciales para los niños. Esto debe ser un plan, no puede ser obra de un único gilipollas (y perdonen el calificativo demasiado suave); más bien parece un montaje de personaje que suelta todas las burradas de su gobierno y sus partidarios, por si la gente protesta mucho y quieren partirle la cara a alguien. Aunque parece que su vomitivo discurso tiene éxito y su popularidad aumenta.

El sedicente adalid de los derechos humanos, que tanto critica a Italia, ha colocado un muro sin ladrillos en la frontera común, por el que ha devuelto a Italia más de cincuenta mil desgraciados en un año. Pero lo que más asusta a cualquiera es que Angela Merkel esté a punto de palmar por haber aceptado muchos inmigrantes. Su gente no se lo perdona, su popularidad baja a poco más del 40% y sus  socios la quieren echar ya.

¿Y nosotros? Ahora mismo todo quisque manifiesta su contento por el brillante papel humanitario del gobierno con el problema del Aquarius (matriculado en Gibraltar, por cierto). Mientras llegaba éste a Valencia, más de dos mil criaturas han desembarcado en los puertos andaluces. Veremos que ocurre en la opinión pública cuando sigan llegando barcos y pateras a mansalva. A ver si también se pasan a la xenofobia que campea ya en media Europa. Porque como dice el capo del Frente Nacional en el pueblo  francés Menton: “En lo ideológico hemos ganado”. A ver si no es para estar acojonados.

Doble evasión

Si Cristiano Ronaldo hubiera estado en la cárcel, como era la obligación del ministro de Hacienda (a la sazón Cristóbal Montoro), no nos habría infligido el severo correctivo que nos endosó el viernes por la noche. La  pregunta es, si por un cuarto de millón de euros el efímero ministro Huerta se ha quedado sin empleo, ¿por qué Cristiano, debiendo como debe ochenta veces más que lo que debía don Maxim, sigue suelto y dándonos semejantes disgustos? Lo mismo se podría decir de Messi y de tantos otros futbolistas que han sido pillados con fraudes también descomunales. Y eso que Huerta pagó en su día, con sanción e intereses. Podrán decir que no fue a la cárcel, pero es que el montante del fraude no daba para condena carcelaria, cosa que sí ocurre con Ronaldo y Messi, que van a eludir el trullo porque son unos recomendados. Hay que concluir que mandan más Florentino y Bartomeu que Sánchez y Mariano juntos. No sólo mandan más que el gobierno los bancos, las multinacionales y Trump, sino los grandes equipos de fútbol (al menos en España). Por si a alguien le quedaban dudas. No sabemos si Pedro, que tan rápido ha estado en cambiar de ministro de Cultura, estará a tiempo de enchiquerar a Messi, por si nos toca en un próximo cruce, si es que llegamos a ganarles a Marruecos e Irán. Eso sí, suponiendo que, aun estando a tiempo, tuviera posibilidades de hacerlo. Nos evitaría otra serie de disgustos, pero no albergamos demasiadas esperanzas.

Como dijo Franco cuando mataron a Carrero Blanco, “no hay mal que por bien no venga”. Y así, el cambio de ministro nos ha deparado a los almerienses una satisfacción. No sólo por tener un baranda en el Consejo, sino por la personalidad y la categoría de Pepe Guirao, demostrada desde aquellos años ochenta en los que, con veintipocos años, desarrolló en la Diputación de Almería programas novedosos, especialmente con los movimientos culturales jóvenes. Todo el mundo sabe que es un brillante gestor cultural del más alto nivel. Más de un paisano ya le habrá puesto un tuiter o un guasap recordándole la vieja amistad y preguntándole: Pepe, ¿qué hay de lo mío?. Aparte de bromas, si el anterior almeriense en el Gobierno, Jesús Miranda, nos dejó las únicas vías del AVE que tenemos y los túneles que luego cegó Hernando, confiamos en que Guirao deje aquí huellas de su paso. Vamos, estamos seguros.

¿Donde?

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