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La Tapia del Manicomio

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Alianza de civilizaciones

Las fotos de Trump y Putin departiendo amigablemente, en amor y compala, durante la cumbre del G20  nos han producido un hondo regomello y premoniciones de distopías varias. Es como si estuvieran juntos Nerón y Calígula urdiendo planes para el futuro del Imperio Romano, que era el equivalente al mundo actual en aquellos tiempos. La ventaja de aquella situación sobre la actual es que Calígula y Nerón no gobernaron juntos, sino uno detrás de otro y separados por los largos años del gobierno de Claudio. Pero nosotros, ¡ay de nosotros!, qué vamos a hacer nosotros. Los dos en plenitud de facultades físicas, hechos unos brazos de mar, maquinando lo que van a hacer con el mundo. Seguro que nada bueno. Se sabe que senadores demócratas le habían pedido a Trump que le preguntara a Putin sobre las injerencias rusas en la campaña electoral y cuánto parné le costó hundir a Hilaria. Ingenuos. Como que si lo ha hecho se lo iba a decir. Suponiendo, claro está que Trump no lo supiera desde el primer momento.

El caso es que estuvieron cascando (animadamente a juzgar por sus caras) dos horas y cuarto, y no estuvieron más tiempo porque entró Melania a avisarles que tenían que irse porque iba a empezar el concierto. Un concierto, por cierto, organizado por la jefa europea, Merkel, antes de la cena que les ofreció a los miembros del simposio. Es significativo que la pieza interpretada fuera la Novena de Beethoven, con su colofón coral que, como todos sabemos, es el himno de Europa. Por si no se habían percatado Trump, Putin y Erdogan. Éste último, junto con nuestro Rajoy, fueron los dos únicos jefes que no asistieron al concierto. La excusa de Erdogan la desconocemos, pero sobre la ausencia de Rajoy sí se ha pronunciado la Moncloa: “Esa parte es prescindible, no es necesario estar” (otra cosa sería si hubiera sido un Bayern-Real Madrid). A nosotros, sin embargo, esta coincidencia de Rajoy y Erdogan nos ha hecho sospechar si no estarán retomando la “Alianza de Civilizaciones” que se inventaron el presidente turco y Zapatero. Cuesta creer que Mariano continúe con una iniciativa de su odiado antecesor, padre de todos los males de la España que se encontró en 2011: “la herencia de Zapatero”, parte de la cual, la hucha de las pensiones, ya se la ha fundido, dilapidado, agotado en cuatro días.

 

 

El Pingurucho tapa las vistas

El Pingurucho es otra vez motivo de polémica. La cosa empezó en 1943, cuando el alcalde (franquista, por supuesto, a ver qué iba a ser) mandó derribarlo porque llegaba su jefe –el caudillo, el generalísimo bajo palio de la Iglesia- y no quería que lo viera. Seguramente no se hubiera fijado, y no digamos ya leído la inscripción sobre los mártires de la libertad. Fijo que no se hubiera dado cuenta como pasó en Málaga, donde hay un monumento similar, también dedicado a los fusilados por el rey felón, como el de aquí, con una leyenda aun más fuerte: “A la vista de este ejemplo, ciudadanos, antes morir que consentir tiranos”. Y allí, en la plaza de la Merced, ha estado todo el franquismo y allí sigue. Y eso que Franco estuvo en Málaga más veces que en Almería, suponemos, ya que allí tenía a su fiel ejecutor, Arias Navarro, llamado en la inmediata posguerra “Carnicerito de Málaga”, con méritos sobrados.

Bueno, a lo que vamos. En 1987 se formó otra bulla con la propuesta de reconstrucción y emplazamiento. Se reconstruyó con apoyo de una suscripción popular y de los marmolistas de Macael y se ubicó en la Plaza Vieja. Acabó la instalación en 1988. Desde entonces ha habido siempre voces que no estaban conformes con el emplazamiento elegido. Y ahora, vaya usted a saber por qué, se calienta el patio: el Partido Popular quiere quitarlo de donde está porque, al parecer, entorpece las vistas. Unos dicen que se refieren a las vistas desde el despacho del alcalde y otros a las vistas del conjunto de la plaza. La verdad es que no está muy “conjuntado” con el entorno y es bastante grande como para apreciarlo sin torcer el pescuezo. Otra opinión, la del portavoz del Psoe, es que “al PP que no le gusta el Pingurucho ahí por motivos de historia o ideológicos”. Y añade que el referéndum que propone el alcalde “esconde una trampa (…) y ya tiene decidido quitar El Pingurucho de allí, haya referéndum o no”.

No estaría bonico que nos dedicáramos a criticar sin dar una solución. Puesto que somos de los que opinamos que el sitio actual no es el idóneo, proponemos que se instale en el cerro de San Cristóbal, donde estaría al alcance de la vista de todos, incluidos los cruceristas, que podrían verlo sin bajarse del barco. Y si hay que quitar la estatua actual, ese no es nuestro problema.

 

Incompatibles con la sombra

En la lista de incompatibilidades que cada institución política establece para sus miembros, el Ayuntamiento de Almería debe haber incluido la de los concejales con la sombra. La última muestra de esta radical incompatibilidad es la decisión de quitar cincuenta hermosos ficus que sombrean la avenida del Mediterráneo. La muy razonable causa para tal decisión es que, según el concejal del ramo de los ramajes, cuesta un perral podarlos cada dos años; y que no tienen más remedio que podarlos porque si no dejan la calle a oscuras. Y eso, por lo visto, es incompatible con nuestros ediles. No sabemos si es que son muy frioleros, o es que tienen acciones de algún laboratorio fabricante de cremas solares, o son socios de alguna clínica de tratamientos del melanoma, o tienen una tienda de sombreros y sombrillas. Otra causa de ese amor al sol a pelo podría ser la defensa y recuperación del perdido eslogan “Almería, Costa del Sol”, alevosamente robado por los malagueños. Por cierto, el sucedáneo que se inventó entonces para sustituirlo fue “Almería, donde el sol pasa el invierno”. Para eso nuestro segundo icono es el Sol llamado de Portocarrero aunque realmente es de Villalán, pero es un sol, que es a lo que vamos. Y al municipio le preocupa hondamente que quede velado por unos absurdos e inconsecuentes árboles que no aportan nada al turismo ni al embellecimiento ciudadano. Llegados a este punto, y teniendo en cuenta que la noticia dice también que se pondrán árboles más jóvenes, de menor porte y de especies menos invasivas (sic), mucho nos tememos que al final pondrán palmeras. Lo malo es que con lo que cuesta una palmera se puede podar un ficus durante más años que los que pueda durar el mandato del edil más reelegido del libro Guiness.

Aparte de que le echemos coña al asunto (por no llorar), lo malo es que cuanto más aprieta el cambio climático menos sombras nos permite el Consistorio, quizá pensando que es mejor arrimarse al sol que más calienta, sea invierno o verano, vivamos en el Polo o a la vera del Sahara. Tampoco les debe importar el CO2 que absorben los árboles. Todo sea por el diseño moderno, sin caer en que el diseño no es decoración sino adecuación a las necesidades y circunstancias. O a lo peor se trata simplemente de ejercer el mando, aunque sea en cipotás.

 

¿Donde?

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